Hay un remedio infalible para no tomarse a uno en serio: tener a alguien que se burle sanamente de uno. Con cariño y delicadeza, pero el sólo hecho de que alguien sepa que uno no es «todo eso» y que no tenga miedo de decírcelo es invaluable. Me dicen que para eso están los hermanos. Las amigas, cuando son buenas y verdaderas, también lo hacen. Lo mejor es la persona con la que uno se acuesta y se levanta lo quiera y aprecie y admire a uno lo suficiente como para perderle de vez en cuando la consideración. Quién más le puede decir al que amanece con el pie izquierdo: «¿estás de Dr. No, verdad?» No hay forma elegante de salir de eso.
Es excelente tener autoestima, pero fatal no tenerse uno medido. La autoestima da la actitud humilde que no necesita ninguna validación externa. Hay que saber que a veces necesitamos un pequeño aguijón que nos desinfle un poco el ego antes que reviente. O una broma suave que nos saque de una actitud morbosamente negativa. Ese chiste interno entre personas que se quieren y ayuda a tener auto perspectiva.
La vida es demasiado corta como para tomarse a uno mismo demasiado en serio. Y, en cualquier ocasión, hay que tener un aliado que lo baje a uno de la nube. Y que le brinde un colchón donde caer.
