El clima y la ropa

Amaneció completamente gris. Nubes como sábanas cubrían el cielo y al sol sólo se le miraba como entre algodón, pálido. A sacar el suéter y los zapatos tapados, porque ni modo. Pero luego se despejó y hubo calor con humedad, lo que me ayudó a conservar mi look de Pantera Rosa recién salida de la secadora que favorezco naturalmente (aunque no mucho me favorezca a mí). Me cambié a algo menos abrigado, agobiada por el calor de tal forma que al fin me levanté de la silla en la que estaba tan cómoda. Si ya de por sí me cuesta decidir qué ropa ponerme en la mañana, tener que cambiarme a media carrera me enerva.

Todos tenemos ciclos. De día, de noche, de luna, de hambre, viciosos, virtuosos… Algo así como las estaciones del tiempo. A veces, esas transiciones las hacemos de forma consciente, como preparándonos a avanzar en espiral. Marcamos nuestro comportamiento con fechas significativas, privadas o públicas. Sacamos la ropa que se adapte al clima. Estudiamos para los exámenes finales. Nos esmeramos en celebrar cumpleaños.

Otras, los cambios nos son completamente ajenos al control que nos gusta. Despidos, despedidas, muertes. Todas cosas que marcan nuestro paso por el mundo de forma a veces drástica. igual nos tenemos que adaptar. Porque el tiempo sigue y mejor si le seguimos el paso. Quedarse atrás, paradójicamente, es sinónimo de dejarnos atropellar por su paso.

Así que, ya con una blusa más liviana, estoy viendo cómo se vuelve a nublar el cielo y bajar la temperatura. Menos mal llevo una chumpa en el carro.

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