Sola estoy bien

Me encanta estar sola. Que haya silencio a mi alrededor. No tener que hablar con nadie. Poder escoger qué comer sólo para mí. No buscar entre mi escaso repertorio de habilidades sociales las actitudes que ayuden a no ofender a la gente a mi alrededor.

Sola, no tengo que ser amable, ni platicar, ni compartir. Sola puedo poner mi música, mi tele, estar en mis fachas.

Sola, junto todos mis recuerdos y los anudo en mi garganta sin pena de que me vean.

La soledad es una amiga muy seductora que me envuelve. Y me aisla. Y me ahoga. Y me deja vacía.

Porque vivir en sociedad, acompañado, implica hacer todos esos esfuerzos por salirse de uno mismo. Abrirse a las experiencias de otros. Compartir la vida. Y esa es la única forma de sacarle provecho al tiempo que tenemos en este lugar existencial. Vivir con otros nos enriquece de otras formas de pensar, de otra música para escuchar, de otros puntos de vista.

Solos, somos un árbol de frutos que se desperdician y que no se poliniza para ser mejor. Acompañados, somos un bosque que se alimenta entre sí y da vida a lo que hay a su alrededor.

Sí, sola me va bien. Pero acompañada me va mejor aunque me cueste más.

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