Mi mamá me tenía medida. En todo sentido. No necesitaba pesarme, porque me podía decir con exactitud si había aumentado o bajado una libra. Así también me conocía los pensamientos, deseos, ideas. La vida no nos dejó terminar de conocernos como adultas. Me pregunto muchas veces qué pensaría mi mamá de cómo educo a mis hijos, de cómo llevo mi matrimonio… Sé que le parecería excéntrico que haga karate (porque «las niñas tienen que ser finas y delicadas»). Estoy absolutamente segura que se me mentaría con cada nuevo tatuaje.
Creciendo, me sentí conocida por mi mamá. No en todo. Imposible entre una madre y una hija. Pero suficiente. Ese «conocimiento» no siempre fue positivo, pues me encasillaba en ciertas posiciones como ser cleta, poco atlética, alegre todo el tiempo. Difícil salirse de ese molde.
Miro ahora a mis hijos y huyo de describirlos con algún adjetivo. Quiero que sientan la libertad de saberse conocidos, sin ser etiquetados.
Ahora, me sé conocida por mi esposo. No quiere decir que le cuente hasta el último pensamiento que se me cruza. Es, simplemente, el cuate que te sabe todas las mañas y que, aún así (o por eso), quiere acompañarte en el resto del camino.
Dudo que ni siquiera nosotros mismos nos conozcamos todo, pero es lindo saber que hay alguien que está feliz de descubrirse y descubrirte. Yo amanezco con el mío. Y soy esa persona temporalmente para mis hijos. Sentirse conocido, es en mi caso, saberse amado.
