(Abs)Traerse 

De pequeña, mi actividad favorita era leer. Ocupación estimulante, emocionante, llena de aventuras, romances, decepciones, venganzas (todo eso se encuentra en El Conde de Montecristo junto, por ejemplo). Pero eminentemente solitaria. Me podía separar de una realidad que no me era del todo agradable y me metía a la que quisiera. Nunca dejaba un libro sin leer y poco era lo que me sacaba de mi concentración. Es difícil ponerle atención a una adolescencia medio solitaria (bastante) si en la mano se llevan mundos enteros.

Pareciera que, como humanos, necesitamos esas actividades que nos sacan de nuestro día a día. Algunas personas pintan, otras toman fotos, otras arman rompecabezas. Actividades sin muchos réditos económicos en su mayoría, pero que redondean vidas que, de otra forma serían grises como los días de junio. Uno sabe que está el sol detrás de las nubes, pero las últimas ganan la partida y llueve todo el día.

Lo interesante es que, bien llevadas, esas cosas que nos dan un respiro de nuestras vidas, muchas veces nos ayudan a continuar con esas realidades de mejor forma. Uno encuentra respuestas a problemas emocionales en una novela. O recuerda que le gusta la pareja cuando la retrata. O regresa la calma al cuerpo en vez de descargarla con los hijos. Un irse para volver. Un salirse para entrar. Un perderse para encontrarse.

Me sigue encantando leer, pero ya no lo hago con esa avidez de escapismo. Es una necesidad de rebotar las ideas que me rondan en la cabeza contra seres abstractos que me dicen cosas que necesito escuchar. Porque, al final del día, uno lleva el interior a cualquier parte que va y se fija en lo que lo refleja mejor. Y, si no lo han leído aún, vayan ahora mismo a agarrar El Conde de Montecristo.

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