Siempre hay oportunidades para meter la pata en situaciones sociales. Ya sea que uno le pregunte a la chava con la blusa floja cuántos meses de embarazo lleva. O le cambia el nombre al señor que le han presentado a uno mil veces. O critica la comida frente a la hija de la cocinera. Las ocasiones abundan y uno pareciera que las aprovecha todas.
Pero hay pocas cosas que no tienen remedio con una buena sonrisa y unas peticiones de disculpas sinceras. Mientras no haya una intención marcada de dañar a la otra persona, se puede seguir adelante.
En donde cuesta mucho avanzar es en las equivocaciones que hace uno contra uno mismo. Perdonar a la persona que habita dentro de nuestra cabeza es de las cosas más difíciles de hacer. Tal vez porque uno sabe que es capaz de hacer bien las cosas y no sabe cómo pudo hacerlas mal.
Tantas frases motivacionales, libros de autoayuda, seminarios de superación que predican el autoperdón. Y pocas se asimilan y se aplican con facilidad. Tal vez uno quiere ser perfecto. Lo cual es imposible a todas luces. O quizás uno vive dentro de uno mismo y es difícil descansar de la propia voz.
De cualquier forma, para poder ser mejor, claro que hay que ver cómo se equivocó uno. Y continuar para hacerlo mejor la siguiente vez. Porque algo es seguro con certeza: siempre habrá una nueva oportunidad para tomar una decisión equivocada. Esperemos por lo menos no cometer el mismo error.
