Un lugar propio

Ha sido la felicidad más grande para mi marido tener su estudio en la casa. Uso la palabra «estudio» con mucha amplitud, porque más parece una tienda de juguetes. Pero es su espacio y él se siente bien entre rojos y azules y superhéroes y demás cosas.

Tener un lugar propio, que refleje lo que uno es y le gusta, aunque sea una mesa de trabajo en una esquina es una forma física de manifestarse. Y eso tiene un valor más allá de lo evidente. Podemos ver qué creemos que somos, hasta cierto punto, y contrastarlo en nuestro interior. ¿De verdad todavía me gusta bordar, o sólo lo sigo haciendo por recordar a mi mamá? ¿Por qué dejé de dibujar, si me daba tanta satisfacción?

Es diferente arreglar un espacio para lo que se quiere hacer en momentos de quietud a amontonar todo lo que a uno le sobra en la mesita de noche. Igual con la vida. Analizar qué queremos conservar de nosotros mismos y manifestarlo al exterior nos ayuda a crecer por donde queremos. Que no es igual a dejarnos llevar por todo lo que llevamos dentro y sólo reaccionar como bien nos vaya en ese momento.

Tener un lugar propio, externo e interno… Ordenado y calmado. Jamás se tomaron buenas decisiones desde la confusión. No importa si para mí mi lugar sea morado y para otra persona azul. La cosa es tenerlo.

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