Yo creo que paso la mayor parte de mi tiempo esperando que pase algo: que lllegue el bus de los niños, que sea hora de irlos a recoger al curso, que los pasen en el doctor… son momentos transitorios entre una actividad a otra. Termina una sentada, con el teléfono en la mano y poca movilidad.
Cuando se es niño, esperar es una tortura. Queremos estar en constante movimiento. Más si nos acostumbraron a que nos tienen que entretener. Momentos de no hacer nada, nos molestan como varas de bambú bajo las uñas.
Lo cierto es que siempre estamos esperando que suceda algo. Y a ese algo se sucede algo más. Porque la vida no tiene una sola meta más que la muerte. Todo lo demás es un constante cambio de estado.
Habría que aprender a disfrutar el simplemente estar cuando hay que esperar. Ahora me acompañan mis palabras y el momento que me escapo de mi entorno para escribir. Pero también he aprendido a disfrutar de la espera en sí. Se puede sentir la vida alrededor de uno. Fijarse en la demás gente. Hasta escucharse uno mismo y sus pensamientos.
Por eso, aunque diga que estoy dejando lo que me queda de juventud en el tráfico, puedo aprovechar a dejar que mi mente cocine las ideas que luego saco. Para eso también sirven los consultorios.
