Últimamente he estado poniendo de foto de perfil la impresión del sello que me compré. Era un puesto en un mercado de artesanías que me llamó poderosamente la atención por la mesa llena de las figuras de barro. Resultaron ser sellos con símbolos. Desde pequeña me han fascinado los sellos y cualquier otra cosa de escritorio que exista. Gusto heredado y exacerbado.
Como seres humanos sublimamos muchos aspectos mundanos, tanto de nuestro carácter, como de nuestras actividades y de las cosas que nos rodean. Puede ser una búsqueda de trascendencia. O establecer la importancia que tenemos en el hoy. O un atajo para entendernos a nosotros mismos. Por eso nuestra existencia misma está rodeada de símbolos y rituales y enigmas y representaciones.
Las mismas palabras que utilizamos son receptáculos que llenamos de emociones y recuerdos, compartiendo algunas con las personas más cercanas a nosotros. Sirviendo como brechas de falta de entendimiento con otras.
Los símbolos ayudan a conferir, en un cortísimo espacio, un océano de significado que nos sería muy trabajoso hacer cada vez. Señales de tránsito, luces en semáforos, rótulos en paredes… Emoticones, stickers, hashtags… Poesía, cuadros, fotos… Escudos de armas, banderas, himnos…
En estos tiempos de abundancia de facilidad de comunicación, en el que nuestra peor tragedia es no poder escribir en más de 140 caracteres, hemos perdido el imperativo de darnos a entender por medio de representaciones. Pero sigue siendo algo casi místico que nos puede transportar a un estado diferente con muy poco esfuerzo.
Así como mi sello. Que significa «muerte», y que, en la cultura Náhuatl, es el símbolo de reflexión previa a la creatividad. Perfecto para lo que me gusta hacer ahora.
