Acabo de probar un baklava que me supo a los que me hacía mi mamá para mis cumpleaños. Un pequeño pedazo de nostalgia y cariño y tristeza y dulzura en dos bocados que aún llevo en mi corazón. Fue un momento feliz.
Cuando pensamos en un lugar que nos da paz, generalmente regresamos a un momento de nuestra niñez en la que estuvimos entre los brazos de alguien que nos quería y que nos hacía sentir que todo en el mundo iba a estar bien. Que podíamos escondernos del Lobo cerrando los ojos. Que la vida tenía solución porque estábamos agarrados de la mano de alguien fuerte que podía contra todo.
Luego nos rebelamos en contra de esa seguridad, las hormonas empujándonos a separarnos de quien nos protege, porque tenemos que aprender a volar. Las confrontaciones adolescentes, si se conducen y resuelven bien, tienen como resultado un ser autónomo, que puede ver los peligros de la vida con los ojos abiertos y enfrentarse a ellos para salir victorioso.
Ya de adultos, cuando se nos agota esa energía desafiante y tenemos encima años de lucha y recompensas y cicatrices y ausencias y compañías, añoramos por un momento poder sentarnos sobre las piernas de alguien más sabio y fuerte que nos proteja. Que nos diga que todo está bien.
Para los que ya no tenemos vivos a nuestros padres, esa ilusión murió con ellos. No hay vuelta al hogar de antes. Pero nos queda el hogar que hayamos podido crear, donde nos reciben con los brazos abiertos y una sonrisa feliz. Donde hay dos pares de brazos pequeños que se sienten seguros y tranquilos entre los nuestros. Y otro par más grandes que nos envuelven con amor y que, aunque no pueden asegurarnos que todo vaya a estar bien, sí nos pueden ofrecer compañía para enfrentar lo que se presente.
