De haberlo sabido…

Haber leído cuanto libro de maternidad tenía a mi alcance, jamás me preparó para la primera noche de desvelo en la que el niño reflujoso no dejó de llorar. Toda la noche dándole de mamar, cargándolo, cambiándolo y sintiéndome completamente incompetente. Toda la noche.

Hay cosas que se logran aprender de la teoría, como sumar, leer y así. Pero ni a bailar llega uno sólo con verlo de lejos y «saberse» todos los pasos. Sumergirnos en la práctica de las cosas le da vida a lo que sólo son ideas. Muchas veces resulta que todo lo que teníamos listo, se va por la ventana cuando ya estamos enmedio del asunto en cuestión.

La planificación, la preparación, la expectativa nos llevan hasta donde nos toca tomar de la mano a la experiencia. Y ella sí no se anda con miramientos. Por eso, tal vez, es que me gusta tanto la etapa previa, donde todavía tengo un poco de control.

No hay imaginación suficiente que informe cómo es criar a un hijo. Todo lo todo que implica, desde esas noches inexplicables en vela, hasta muchachitos malvados en el bus. Me ha tocado responder preguntas que jamás se me hubieran ocurrido, sentir emociones más fuertes de lo que me creía capaz, estar segura que por algún lado algo estoy haciendo mal.

Sinceramente, no lo había dimensionado. Y estoy convencida que no tengo ni idea de lo que me espera. Pero, aún sabiendo eso ahora, lo volvería a hacer.

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