Si te lo advertí
¿es realmente inesperado?
No me creíste
ese es el problema.
Ahora te sorprende
dónde me llevas guardada.
Yo nunca oculté
que quería tu corazón.
Si te lo advertí
¿es realmente inesperado?
No me creíste
ese es el problema.
Ahora te sorprende
dónde me llevas guardada.
Yo nunca oculté
que quería tu corazón.
Se me olvidó escribir ayer. Estuvo bien que la vida me hiciera fijarme en ella y no en pensar cómo ponerla en palabras. A veces lo más importante es estar.
Hoy no lo olvido.
Comenzar el día deseando cosas buenas pone el tono de cómo se levanta uno. Es una lucha contra la preferencia de nuestros cerebros que buscan al tigre entre la maleza. Por eso es que la recomendación es tan básica, pero no todos la siguen.
Una forma de describir cómo pensamos es imaginar a dos neuronas comunicándose. Mientras más se active esa comunicación en específico, más común va a ser. Así se forman los hábitos, que no sólo son externos. También tienen lugar en nuestras mentes. Mientras más pensamos de una manera, más lo seguiremos haciendo.
Lo bueno es que nuestro cerebro es maleable. Sólo requiere del esfuerzo de salirse del camino conocido y tratar otros hasta convertirlos en costumbre. Como despertarse con buenos deseos.
No hay forma de no tomar una postura en cualquier situación. Simplemente porque sólo percibimos el mundo desde nuestra propia posición. No hay manera, hasta ahora, de ver a través de los ojos de alguien más, con todo lo que eso implica.
Antes que la inteligencia artificial, me va a sorprender y preocupar más que la tecnología permita a alguien más vivir mi vida. Creo que sería una pérdida de la individualidad. Aún en el caso de los libros, que nos invitan a imaginarnos en otras circunstancias, seguimos siendo nosotros, teniendo nuestras emociones y reacciones.
Estoy maravillada del futuro. Y estoy segura que los humanos van a ser algo completamente distinto de lo que somos ahora. Seguro tenemos más en común con nuestros antepasados cavernícolas de hace cientos de miles de años que con las generaciones futuras próximas. Tal vez logremos ser finalmente imparciales, pero a qué precio.
Pasó el día de la madre. No desapercibido, pero sin demasiada pompa. Porque mis enanos saben que no necesito grandes gestos, pero sí actitudes constantes.
Una de mis mejores amigas dice que la maternidad está sobrevalorada. Tal vez está idealizada. Todo lo que vale la pena, cuesta. Todo lo que uno quiere, duele. Y en el caso de los hijos, a quienes uno adora, no puede ser fácil porque vale el mundo entero.
No soy amiga de mis hijos. Esos van y vienen. Soy su madre, para bien y para mal. Y eso vale la pena celebrarlo.
Paso frente a puertas con nombres
bordados en hierro, peinados con hiedra
que me dicen cómo se llaman
con la voz que habita mi mente.
¿Quién bautiza una casa?
Tal vez si hacerlo la hechizara
para encontrar siempre allí
a esa persona.
Debería entonces ponerle rótulo
al dintel de mi cuarto
e invocarte cada vez que lo paso.
Pasé muy mala noche y eso me anula al día siguiente. Supongo que a todo el mundo. Nunca he sido buena para desvelarme. Y tengo mucho qué hacer. Pero así se quedó hoy.
Está bien tener tareas y cumplirlas. Hay algunas que simplemente no se pueden atrasar. Y hay otras que esperan a que las atendamos mejor.
Hoy no planché. Pero no me sentí mal. Puede ser mañana.
Muchas veces peleo porque me escuchen lo que digo y no cómo lo digo. Pero eso es como pedir que se coman algo que tiene apariencia de popó, por mucho que yo asegure que está delicioso. Habrá algún valiente que se atreva, pero no voy a lograr que sea un plato popular. Y allí está el asunto: las cosas que agradan entran primero por la percepción, no por el entendimiento. O sea: todo entra por los ojos.
Un buen ejemplo es la vestimenta. Cada ocupación tiene un uniforme no oficial y los que difieren de esa forma de vestir, corren del riesgo de no ser tomados en serio. Es ridículo, la ropa no me dice qué tiene adentro del cerebro la persona, pero es lo que es. Tal vez todos pasamos por algún momento de rebeldía en el que queremos encontrar nuestro propio estilo. O apegarnos por completo a la moda para encajar. Hasta que llega el momento en que eso es irrelevante y nos vestimos para lo que queremos lograr. El lenguaje de las formas precede al de las ideas. Y por eso es tan importante.
Estoy aprendiendo a ponerle atención al contenido del mensaje y no quedarme trabaja en su entrega. No es sencillo, como atestiguan las llamadas de atención a la adolescente cuando se pone en un tonito desafiante. Y me cuesta también aceptar que no tengo yo misma el mejor de los empaques cuando digo las cosas y por eso no me las reciben con entusiasmo. Tendré que cuidar eso con las personas que realmente me interesan.
Me encanta hacer acuarela japonesa. Es un acto fluido, casi meditativo, en el que se dibuja, pinta y sombrea en un mismo trazo. Cada hoja de bambú lleva la vena en el medio del pincel y uno la deposita en el papel con la presión justa. Hacerlo bien es tan bonito como suena. Yo no lo hago bien.
Todo, todo, requiere perseverancia y constancia para mejorarlo. Pero no en una repetición sin sentido. Porque igual se pueden perfeccionar las malas mañas. Hay que buscar cómo hacerlo bien, no importa cuántas veces salga mal.
Pintar no es lo mío. Pero igual pongo todo sobre la mesa y echo a perder muchas hojas. Hasta que me salga como yo quiero.
Domingo después de tantos días sin alarma se me hizo a la velocidad del caramelo. Y heme aquí, a las casi seis de la tarde y yo apenas saliendo de bañarme. No sé si felicitarme o regañarme. Pero nada en medio.
Así como las fechas son arbitrarias, también lo son los horarios. Todo es voluntario. Imaginado. No obligatorio.
Poco me queda qué escribir, más que qué rico bañarme tarde. Ya mañana estamos de nuevo con alarma y todo.