La puerta de la memoria

Uno mira fotos de cuando era pequeño y recuerda el momento. O al menos eso cree. Todas las memorias son plásticas. Las manipulamos y adaptamos. Recordamos mejor lo que nos contaron que lo que hicimos. Es una cuestión del cambio que atravesamos nosotros mismos.

Lo que permanece, a veces más que los hechos, son los sentimientos asociados. La sensación de miedo antes de la primera vez en una montaña rusa. La emoción desbordada cuando nos agarran de la mano. La tristeza ante un abandono. Eso se vuelve a vivir. Y, también muchas veces, lo que nos abre esa caja son los olores. Puede ser que sea la naturaleza etérea de un aroma que se asemeja más a una emoción que a algo concreto como un color.

Me pasa con un collar de mi mamá. Tal vez me lo estoy imaginando, pero aún huele a ella. Y eso me trae a la memoria la sensación de sus manos suaves. Su voz. La forma de arreglarse. O cuando huelo el tabaco de una pipa y me trae a la mente a mi papá. De cualquier forma, hay llaves para recordar. Y, aunque ese recuerdo no sea fiel, fáctico, exacto, si nos hacen pensar en los nuestros, poco importa.

Las fechas no importan, pero sí

La repetición de los ciclos es una manera de darse cuenta si hay o no progreso. Cambio, seguro. Progreso… Por lo mismo celebramos cumpleaños, aniversarios, graduaciones y otro montón de cosas ficticias. Conceptuales, tal vez es mejor palabra. No existen como elementos materiales, uno no se puede comer una fecha de nacimiento, pero sí hacerle pastel.

Las fiestas que uno comparte como sociedad, además de marcar el calendario, también nos aglutinan bajo un mismo sentimiento. Pasar el año, recordar una festividad en común, reunir a la familia para conmemorar a los que ya no están. Y todo nos hace pensar en lo mismo. Eso forma en no poca medida una identidad cultural. Al ser humano, le quedan pocos de estos puntos de encuentro y, con eso, poca identificación con una tribu. Necesitamos de tribus.

Las fiestas vale la pena celebrarlas, recordar aunque duela. Abrirnos a compartirlas y, con eso, darnos nosotros también. Es el tipo de conexión que nos devuelve a la pertenencia.