Tengo tiempo

Tengo todo el tiempo del mundo

Y lo he evaporado en la cocina

Revisando ecuaciones de matemáticas

Buscando declinaciones germanas.

Me regalaron días sin carro

Que se me van regando plantas

Los duermo en noches atropelladas

En días vestida para no salir.

Ahora hay un saco de minutos

Pidiendo que los llene con palabras

Pero se me escapan todas 

Dando instrucciones a niños inquietos.

Hay mañanas de sol, noches sin cielo abierto

Amigos sin visitas

Vino sin abrir

Comida que me espera para otra cena, no hoy, gracias.

Los gatos saben bien cómo gastarse

El tiempo sin reloj

De los días sin destino

Las puertas de la casa otro adorno más.

Se me va la tarde

Recordando sacar la ropa de la secadora

Preparando una cena más

Y recordando que mañana, tampoco voy a tener tiempo.

Las cosas a medias no sirven

El reino de lo absoluto es esclavizante. Vivir en un constante sí o no, sólo termina desesperando, porque hay mucha más opciones que dos. Yo, que soy binaria y que me encantan las respuestas contundentes, entiendo que no todo (si es que algo), se puede resumir en los extremos.

Pero hablar de radicalizar o de hacer las cosas hasta el final, no es lo mismo, porque peor que llegar al extremo es hacer las cosas a medias. Las decisiones, cuando se toman, se deben asumir con todo. O adoptar otras medidas. No se trata de quedarse estancado en una cosa que no sirve, pero tampoco se le puede pedir que funcione si no se está haciendo todo lo que se debe.

La tibieza de sentimientos, las disposiciones mal llevadas, las prohibiciones sin ejecutarse, sólo sirven como cuchillos poco afilados. Son los más peligrosos.

El arte de enojarse

La mayor de las habilidades lingüísticas es poder nombrar a las cosas correctamente. Sobre todo las emociones, que son por su misma naturaleza, amorfas y cambiantes. Nuestro estado es cambiante, el enojo, la felicidad, la tristeza, dura menos de lo que tardamos en decirlo y sólo las experimentamos de forma continuada cuando las regresamos a la mente de forma voluntaria.

Así que, «estar enojado» sólo describe el deseo constante de recordar la molestia y alimentarla. Me pasa, frecuentemente, hasta en sueños. Vuelvo a vivir lo que me provocó desagrado y me enojo de nuevo. No es posible mantenerse en el mismo estado emocional, significaría un estancamiento y eso sólo lo logramos cuando nos morimos.

Ahora… enojarse es algo que me sale bien. Lamentablemente mi rango de emociones es un poco plano y conoce del enojo, la ira, la furia… y proceso todo lo negativo por allí. Rara vez encuentro la necesidad de decir que estoy triste. Pero, no me es sano vivir allí. Es un país demasiado conflictivo. Así que estoy aprendiendo el arte de nombrar mis emociones, sentirlas y dejarlas ir.

Nada de esto significa que uno no pueda dejar de estar con las personas que le causan las emociones negativas. Pero sí que uno tiene permiso de dejar de sentirlas para tomar decisiones. Revivir lo desagradable sólo debe servir para no repetirlo, no para volverlo a sentir. Así que, aprenderé a soltar, aunque me tenga que programar los sueños.