Escogerse

En un mismo día me pongo varios «sombreros»: mamá, esposa, amiga, carpintera, escritora… Las diferentes fachadas que uno presenta dependiendo de la ocasión son tan variadas, como las interacciones mismas. Y es que no voy a hablar de la misma forma, ni de las mismas cosas con mis hijos pequeños que con mi marido. Simplemente uno saca de adentro lo que pide el entorno.

Los seres humanos tenemos varios aspectos de nuestra propia personalidad. Como un cuadro que se mira por partes, o una casa que se visita por habitaciones. No todo el mundo conoce más de uno de nuestras facetas y menos aún la mayoría. Creo que es hasta difícil que nosotros mismos estemos conscientes de todo lo que representamos.

Pero sí podemos fijarnos en cuál de los aspectos de nuestras vidas somos más felices, nos sentimos más libres, más completos. Una amistad que hace que te sientas mal de ser tú mismo es tan dañino como una relación que te obliga a vestirte de cierta manera. En contraste, no hay nada mejor que te conozcan y te aprecien, espinas y todo.

Cuando se es niño, la adaptación al grupo es difícil precisamente porque no se escogen a los compañeros de clase y hay que rogarle a Dios tener suerte. Pero uno, que ya está grande, sí tiene toda la libertad de escoger a las personas de las que se rodea en su círculo más cercano. En buena medida, el barómetro para hacer la clasificación debería ser con quién me siento en mi mejor «yo».

Los mejores planes…

…hacen reír a Dios. Algo así va el dicho. Detesto ese dicho. Es cierto que no se puede ser rígido en todo, pero a mí sí me gusta planificar. Desde los horarios de la semana, hasta en qué lugar voy a comer en un viaje. (Sí, he llegado hasta a imprimir un menú para ver qué me puede gustar. ¿La sopa del día? No, gracias.)

Por eso es que me estoy riendo de mí misma. Últimamente siento que las cosas no me están saliendo como yo pensaba. Y no ha sido malo. Salir a un viaje sin mayor expectativa que pararme en una tabla, obviamente no incluía lastimarme (o romperme, no sé) el dedo meñique del pie. Viajar con mi marido siempre ha sido una experiencia exclusivista en la que estamos solos los dos en el universo. Y esta vez no.

Caminar sin rumbo por la vida es para adolescentes (mentales) que luego se preguntan por qué están en un lugar desesperado. Pero ir con tapaderas en los ojos para no desviarse del camino es perderse del mundo. Creo que estoy comenzando a entender que puedo llevar una dirección en mi vida, e ir tomando alguno que otro desvío.

Tal vez me haya lastimado, pero puedo decir que lo hice «surfeando». No fuimos mi esposo y yo todo el tiempo solos, pero conocimos personas que redefinen el término «generosidad». La vida tiene un final, el mismo para todo el mundo. No quisiera que me encontrara en una situación precaria por no haberla prevenido. Pero tampoco quiero llegar a arrepentirme de no haberme divertido.