El que lo trata a uno como ganado, completamente reemplazable. Indiferente a los problemas personales, sólo le importa el resultado. Directo para las críticas, severo, distante, jamás trata de ser amigable. ¿Pastel para el cumpleaños? Ni de chiste. Uno sabe en dónde está parado.
También está el otro jefe. El buena gente, casaquero, que pregunta hasta por el chucho de la casa. Comprensivo, cuenta chistes, que igual se voltea con SU jefe y se lleva todo el crédito por el trabajo que uno hizo. Que en vez de ayudarte a avanzar, te tiene bajo su pie, de una manera tan agradable que ni te das cuenta. El que aconseja como el «mejor amigo» que no te vayas a estudiar una maestría porque hay que aprender a trabajar, pero a su hermano lo beca. Arenas movedizas son más estables.
He conocido de los dos tipos. Mil veces prefiero al primero. Es como tener un perro que uno sabe que es enojado y que mejor no se le acerca uno. No como esos engendros del demonio que se acercan moviendo la cola y, cuando uno menos se lo espera, ¡zas! que le zampan a uno la mordida en la nalga (#TrueStory).
Así también prefiero rodearme de gente clara. En general me siento atraída por las personas cortantes y directas, ésas que no son las más populares. Pero son íntegras. La integridad entendida como la unidad entre lo que se piensa, se habla y se hace es la cualidad que más admiro y busco. ¿De qué me sirven halagos vacíos, sonrisas falsas y cariños sin sustancia? No estoy diciendo que no me guste que me echen flores, sólo que prefiero unas chatías reales a unas orquídeas de plástico.
Y sí, prefiero al jefe hijuelascienmilseñoritasdelavidaalegre. Siempre. Ya me han mordido demasiados chuchos.
Month: febrero 2015
«No Me Gusta Tu Pelo»
«Ese vestido no te queda bien.» «Ahora sí te estás engordando.» «Me parecía mejor el otro color.» Éstas y otras opiniones nos asaltan en varios momentos de nuestras vidas, generalmente de la boca de la gente que más nos quiere. Yo creo que es por una mezcla de cariño que no sabe expresarse y un sentido inflado de nuestra importancia en la vida de los demás. ¿Por qué otra razón se dispararía alguien un comentario sobre otra persona, sin que sea solicitado previamente?
A mis amigas les doy una oportunidad (las amenazo): «¿De verdad quieres saber mi opinión?» Ya les he compartido a ustedes mi carencia de empatía, lo que me hace tener pocas delicadezas en el momento de expresarme. Por lo mismo, prefiero verme bonita (o sea, mantenerme callada), porque: 1. Si lo que están haciendo, tienen puesto, dicen, piensan o creen no me afecta a mí de forma directa, no tengo ningún derecho de pronunciarme al respecto; y, 2. Les tengo el suficiente respeto como para creer que ya están grandecitas y saben lo que hacen.
Claro que esto no aplica para los hijos. Bueno, no siempre. Se ponen las reglas de cada casa y se refuerza su cumplimiento (sí, suena a estado militar, qué les puedo decir). Pero si la niña se quiere poner una blusa morada con el pantalón rojo y las calcetas verdes, pues… que salga en fachas. Prefiero que encuentre su estilo. Todavía llevo quemado el recuerdo de los vestidos de panalito que mi santa madre me zambutía hasta los 10 años. Y yo era una niña grande, que parecía como de a 12. Con colitas y listones y calcetas caladas y toda la cosa. Fatal.
Tal vez si nos liberamos de la idea que la conducta y apariencia personal de los demás nos impacta directamente a nosotros, somos más felices. Es una carga adicional que no tenemos por qué llevar. El lema «me pela tu vida» es casi un acto de amor. Aprendiendo a querer a los demás como son, no importándonos qué hagan ni cómo se miren, somos mejores amigos. Y siempre tenemos la opción de alejarnos de las personas que nos hagan daño.
Claro, de casi todas esas personas. Mi tía viejita, la que hace los comentarios de arriba, a ella no la puedo dejar de ver. Todas las semanas. Le abro el carro, me siento, suspiro y espero el saludo de turno. Lo mejor que me ha dicho últimamente es: «Mija, te veo algo delgadona.» Me daré por dichosa.
