A veces he nadado en el lago cuando está en su mejor momento y pareciera hecho de cristal. Se puede ver el fondo, aún en lo profundo y da la sensación de no existir el agua. O la daría si no fuera porque es tan fría que es difícil de ignorarla.
Así pasa con una idea que lo ayuda a uno a entender la existencia. Deja de existir, para sólo enseñar lo que queda debajo. Es un truco de magia, porque llegar a esa claridad requiere de muchísimo trabajo, o de al menos la apertura a limpiarlo todo y que sólo quede el medio sobre el cual se flota. Las ideas, las más esclarecedoras, carecen de color propio. Son el viento que bota la puerta, el agua que no se siente. Y no dejan de llevarlo a uno a un destino que siempre ha estado allí, simplemente uno no lo miraba antes.
El mundo existe de forma independiente que uno lo perciba en su realidad entera o no. Es más, no le importa que no lo veamos. Se deja maquillar por todo lo que le ponemos encima, entre creencias y certezas y pensamientos que nos sirven para guiarnos, mientras no estamos dispuestos a dejar ir todo y quedarnos suspendidos. Porque nadar en esa agua da un poco de frío y mucho de vértigo.
