Pertenecer

Toda mi vida he sido una especie de «loba solitaria».  Ser hija única, con escasas habilidades sociales y casi nula inteligencia emocional, no era el set de cualidades que hacen fácil hacer amigas. Lo suplí teniendo novio desde los 14 años, el cuál me duró todo el resto del colegio. Y así. Amigas mujeres fueron pocas o nulas.

Por alguna razón, se tiene un concepto de las relaciones que sostienen las mujeres entre sí como altamente tóxicas. Llenas de pequeñas intrigas, resentimientos y competencias mezquinas, pareciera que somos incapaces de querernos y ser fieles.

Cosa más estúpida. ¿Quién mejor que otra mujer va a poder entender todas esas pequeñas y grandes cosas que le suceden a uno, desde un cólico menstrual, hasta un pezón partido por dar de mamar y tantas otras cosas fisiológicas similares. Ni qué hablar de la forma de sentir, de enamorarnos, de desear.

Tener amigas que lo quieran a uno por ser uno es un tesoro invaluable. Pocas veces hay un apoyo tan incondicional como el que se siente entre un grupo de mujeres que verdaderamente ha hecho amistad. Y si se logra compartir más que un simple «café», esas relaciones son parte de la estructura de la sanidad mental.

Aprender a hacerme una familia de amigas y serles fiel, es de lo mejor que me ha dejado el paso del tiempo. Las llevo en mi corazón y me hacen ser una mejor y más verdadera yo.

Nada, que nada

Hace poco regresé a nadar, después de mucho tiempo de no hacerlo. Las primeras veces fueron penosas, apenas me alcanzaba el aire. Ahora ya lo hago con menos sufrimiento. Pero no me sale la famosa «vuelta olímpica». Parece más «rehilete desbocado». Cuando no me volteo antes de tiempo, no llego a tocar la pared (ni el fondo de la piscina) y tengo que hacer el doble de esfuerzo para seguir. Fatal.

Como humanos tenemos una sorprendente resistencia a la adversidad. Seguimos avanzando a pesar de llevar cargas emocionales enormes. Resistimos, seguimos, pasamos. Pero nos cansamos y de vez en cuando necesitamos un impulso, un empujón para renovar fuerzas. A veces esa ayuda viene de una pared en la que nos chocamos y nos da una nueva dirección. A veces viene de tocar el fondo de nuestras fuerzas, agotarnos hasta no dar más.

La vida está llena de pequeños y grandes peligros. Las heridas al alma, esas que nos tienen a veces hecho un colador el corazón, no nos dejan disfrutarnos de lo que está a nuestro alrededor. Se puede tratar de proseguir, medio nadando, medio ahogándonos, pero, tarde o temprano, nos vamos a agotar. Es más sincero con nosotros mismos examinar nuestras carencias, determinar cuáles hay que reparar de inmediato y hacerlo lo antes posible. Aunque eso signifique que hayamos llegado hasta lo más bajo de nuestro estado emotivo. Claro, si no me molesta, ¿cómo voy a saber que lo tengo que cambiar?

A mí me gusta ignorar el dolor. Como cuestión personal, verdaderamente no le doy importancia a un músculo cansado, ni a un golpe, ni a una herida. Ya pasará. Lamentablemente, suelo hacer lo mismo con el dolor sentimental, hasta que se me acumula y estallo. Tal vez sería más fácil remendar pequeños agujeros que reparar un tsunami. Y, también, seguro que sería más fácil apoyarme en la pared de la piscina para dar la vuelta que buscar el fondo o, peor aún, quedarme chapoloteando cual tortuga boca arriba.

¿Y si mejor nos reímos?

Con mi mamá nos reíamos aún entre lágrimas. Cuando peleaban con mi papá, lo cual era muy frecuente, decíamos que estaban «a media luz» cantando. Nos divertíamos entre las tristezas de corazones rotos, penas económicas, fallos académicos y la vida en general.

Hace poco salieron los resultados de un estudio acerca de la llamada «emotividad». Y resulta que no es que las mujeres seamos más sensibles que los hombres, sino que el detonante de las lágrimas está más pegado a la fuente de las emociones fuertes. O sea, ambos hombres y mujeres tenemos la misma intensidad de sentimientos, pero a las mujeres se les disparan más fácil las explosiones acuáticas.

Yo tengo rachas de llanto. A veces me sale más fácil. Otras, ni con un anuncio de un chucho con un bebé. Mi preferencia es no soltarme a berrear. Me siento inútil, no le veo ningún beneficio. Pero tapar una «necesidad» sólo porque uno no quiere verse ridículo, termina convirtiéndose en un océano en el que se puede terminar ahogado.

Sentir sentimientos nos hace humanos. Cómo los manifestamos depende de nuestra preferencia y, mientras no le hagamos daño a nadie, incluyéndonos a nosotros mismos, hay que darles rienda suelta.

A mí me gusta seguir la costumbre de mi mamá. Entrando a la Iglesia el día de mi boda, me puse una sonrisa de oreja a oreja que sirvió de dique para el lago de lágrimas que se me acumuló detras de las pestañas. Yo iba demasiado feliz para encontrarme con lágrimas a mi marido. Además, se me corría el maquillaje.

La emoción que estalla

Después de un día de feriado pasado entre cine, almuerzo, niños, niños, comida, tele, niños y niños, al fin estábamos tranquilos y solos sobre la cama. Uno de esos raros momentos de paz que tienen un par de papás de menores de edad, juntos. Y, de repente, estallé. Ya ni les puedo decir exactamente cuál fue el detonante, lo cierto es que la erupción del Vesuvio y su destrucción se quedaron cortas.

Por una razón u otra, nos han socializado para ocultar las emociones negativas. Sobre todo si uno es mujer. «Sonría mi´ja, que así nadie se le va a acercar.» Las palabras «dulzura, paciencia, ternura» están íntimamente ligadas con la feminidad y la maternidad. Una mujer que muestra firmeza es una bruja. En tiempos pasados, los escapes que encontraban eran ataques de histerismo que luego eran tratados con terapias de agua (los invito a buscar las «terapias» que les aplicaban a las mujeres en la época victoriana).

Aún ahora, en la época moderna en que vivimos, no nos enseñan a manifestar lo que estamos sintiendo de una forma productiva. Vemos insultos a extraños por Tuiter, bocinazos, cuando no balazos, en el tráfico, completa intolerancia ante un disgusto. A la par de esto, pareciera que nos venden que tenemos que sentirnos felices todo el tiempo y que todo lo que varíe de esto es algo anormal que hay que arreglar.

Pero no. Estamos diseñados para sentir un rango enorme de emociones que nos deben orientar hacia encontrar soluciones a situaciones que pueden mejorar. No a destruirlo todo a nuestro paso cual Godzilla, traje con zípper incluído. Así no les pasa lo mismo que a mí, que desperté al día siguiente con la conciencia remordida de saber que había sobre reaccionado. Mejor entender y manifestar lo que me molesta antes de protagonizar otra prueba nuclear.

La Llaga Abierta

Pareciera que no hay un término medio: o uno es una llaga abierta, sensible a cualquier roce que reciba, o se tiene escamas de dragón, completamente impenetrables. Tiene qué ver con la confianza, un bebé por algo es suavecito y un niño lleva sus sentimientos a flor de piel, los cuáles parecieran explotar con la adolescencia. Por algo duele tanto, todo, cuando está uno en esos años delicados. La vida (y las muladas que hace uno), se encarga de irnos haciendo cayo. Y pareciera que sólo nos quedan dos caminos: o dejamos de sentir por completo, nos cubrimos de una armadura que nos protege, pero que no deja pasar ni un rayo de sol; o andamos como babosas sin caparazón, arriesgándonos a morir con el menor grano de sal que nos caiga encima.

No me gusta ninguna de esas dos opciones. Creo que hay que aprender a cubrirse de los ataques externos, pero que también hay que arriesgarse y poner la carita. Si no somos vulnerables y dejamos ir ese aparente control, nunca sentimos. La medida del amor que estamos dispuestos a recibir es proporcional al dolor que estamos poniendo sobre la mesa. No aventurarse y dejarse conocer en lo más suavecito y tierno, es no dejar que nadie se nos acerque. Es vivir una vida solitaria. Y es que los blindajes no nos quitan lo tiernito, no cierran la llaga de nuestros sentimientos, sólo la cubren y, a veces, la infectan.

Hay que abrirse, con sentido común. Es bueno dejar entrar el aire y el sol y sí, va a doler de vez en cuando, pero vale la pena.