Un torrente

Tengo un par de días sin niños. Sin gritos. Sin regaños. Sin ruido. Me paso sola con mis libros y mis podcasts y mis proyectos. No puedo decir que me la pase mal. Es más, me ha servido para escarbar mi centro de donde estaba engavetado debajo de los juguetes. Me gusta estar sola. Me gusta estar en silencio.

Hasta que viene mi marido y me salen todas las palabras que no he dicho en el día como agua de una presa rota. Nada trascendental, lo realmente importante ya probablemente lo dije por Telegramm. Es todo ese nudo de ideas y emociones que se juntan en un día normal.

Cuando uno tiene costumbre de estar acompañado, se vuelve de todos los días eso de exprimirse la cuota de palabras que se supone que tiene uno al día. Es lo que nos hace crecer con las personas con las que vivimos. El punto de compartir un espacio físico con alguien es que lo conozcamos a diario. No sirve la cosa si me tengo que sentar con uno de mis peques y averiguar qué ha estado pasando en su cabeza y en su corazón los últimos seis meses. O que lo sepa por dónde está el camino emocional de mi marido. Tampoco funciona no expresar cómo me siento.

El chiste de vivir es que cambiamos. La función de tener pareja y familia es conocer ese cambio y adaptarnos todos.

Y el resultado de pasar sola todo el día es marear al pobre hombre cuando viene a la casa.

El arte de desahogarse

Imposible saber qué le pasa a otra persona aunque la mire uno todos los días. A veces quisiera meterme en la cabecita de mis hijos para entenderlos, la comunicación con ellos todavía no está del todo establecida (seguirles el hilo narrativo entre vacíos de lenguaje, constructos gramaticales simpáticos y efectos especiales, es una adivinanza). Pero hay que aprender a abrirse, quedarse quieto y callado y entrever el sentido último de lo que quieren contar.

Escuchar y aprender son importantes. Uno se hace merecedor de la confianza de los demás con ese tipo de actitudes. Se vuelve un magnífico hábito. Y llega el día en el que hay que darle la vuelta a la moneda. Si uno quiere tener relaciones profundas, también tiene que aprender a sacarse lo que uno piensa.

Difícil pasar por la vida lamentándonos que «nadie nos comprende», si jamás nos explicamos. Y no se trata de ir uno revelando su rollo ante cualquiera, porque ni es el caso y a la mayoría poco le importa. El asunto es no dejar en gallo a los que sí afectamos con nuestros silencios. Las palabras mesuradas y bien dichas construyen los puentes que nos unen con los demás. Son una luz que ilumina el lugar en donde estamos parados en una relación. Son una caricia que se da de lejos. Un pedazo de nuestra vulnerabilidad que entregamos para mostrarnos.

Desnudar nuestros pensamientos es tan importante como hacerlo con nuestros cuerpos si queremos intimidad. Sólo es cuestión de tener delicadeza para entregar esos paquetes y no tirarlos como piedras contra un cristal.

Mis hijos están comenzando con lo básico: sin ruidos y, si no es algo bueno, no lo digas. Yo no voy mucho más lejos que eso. Pero por lo menos ya escribo.

Mi gata está en celo

En serio. Mi gatita que tiene un año está en celo y no sabe qué hacer con su existencia. Maulla, ronronea, se restriega contra la pared, levanta la cola. Está visiblemente incómoda y no hay nada qué hacer, sólo esperar que se le pase.

Todos los animales tienen alguna forma de comunicación más o menos compleja. Desde el rastro de las hormigas, hasta el cuasi-lenguaje de los delfines. Pero ninguno de ellos tiene una manera tan sofisticada de intercambio de ideas como los seres humanos. Y ni así logramos entendernos del todo. Y es que le agregamos sentimientos hasta a las palabras más neutrales.

Durante una discusión, es tan importante entender la palabra, como el significado que tiene para la otra persona. Si digo que «quiero atención», tengo que dejar muy claro a qué me refiero, porque no es precisamente una llamada cada media hora (*le salen ronchas del agobio*). Y si hay que explicar las palabras, con más razón todo eso que decimos sin hablar. Que me perdone Alejandro Sanz, pero «si tú me miras» no es suficiente para entendernos sin hablar.

Yo pienso en imágenes. Me duelen las neuronas cuando tengo que explicarme. Pero lo hago, o por lo menos lo intento. Ni modo que me voy a restregar por el suelo igual que la Shadow. Pobre. Cuando le pase su crisis, la opero.

Por dentro

Si apuntara las conversaciones que tengo conmigo misma, seguro me da para escribir un par de libros. Desde mejores desenlaces a peleas del pasado (nunca se piensa una mejor respuesta a un insulto, que horas después), fantasías con personajes ficticios (también yo he ido a Hogwarts), hasta recuerdos con gente que ya no está (como cuando le cuento a mi mamá alguna tontera). Pero nunca como lo que me digo a mí misma enfrente del espejo.

Pocas personas nos tratan tan mal como nos hablamos a nosotros mismos. No hay negrero más despiadado. Ni inquisidor más sádico. Nos conocemos todas las llagas que aún no han sanado, nos hablamos en todas las voces que nos quitan el sueño, nos empujamos a todos los precipicios que nos despedazan.

La única manera de no dejarse manejar por el enemigo que se lleva dentro es utilizarlo a él. ¿Nos decimos que lo que hacemos no está bien? Pues nos demostramos que sí. ¿Nos vemos deficientes al espejo? Pues nos sonreímos y enfocamos en lo bonito. Ese mounstro obsesivo que nos arrastra, puede ser el motor que nos impulsa. Ese agente exigente al que nunca le parece suficiente nada, es el que nos guía a la excelencia.

Todos llevamos las semillas de nuestra propia inconformidad dentro. Depende de nosotros mismos la forma que le demos al árbol que nazca de ellas. Para mientras que aprendo a podar el mío, mejor paso rápido y sin fijarme mucho al espejo. Ya sé qué me voy a decir a mí misma. Y no es siempre bueno.

Las palabras como semillas

Es rara la vez que me quedo con ganas de decir algo. Para bien o para mal, si tengo algo qué compartir, lo hago. No es que diga todo lo que me pasa por la mente, es que, si creo que vale la pena, lo saco y ya.

Las palabras que nos quedamos adentro crecen. Son ideas que toman vida propia y ocupan nuestros espacios vacíos. El amor que no se demuestra, la tristeza que no se purga, el enojo que no se escupe, todo, nos acapara y tiende a destruirnos por dentro. Nuestro ser se fisura por la presión y todo sale por algún hoyo. Si no es por la boca, es por otro lado. Así nos enfermamos, nos duele la cabeza, se nos traba la espalda, nos quedamos afónicos.

Los humanos somos mejores cuando nos compartimos. Las palabras son los puentes que nos unen. No siempre decimos cosas bonitas, pero el ácido y el fuego, de manera controlada, también construyen.

Una semilla germina y rompe. Hecha raíces y brota. Igual lo que nos quedamos.

 

Somos lo que decimos

Ayer traté de ponerme el vestido que usé para mi graduación de la universidad hace más o menos 14 años. La cuarta que me hizo falta para cerrarlo se sintió como una patada entre mi lonja y mi orgullo. Luego mi súper marido vino a mi rescate y me dijo que qué alegre que, en los casi 12 años que tenemos de estar juntos, yo no he vuelto a estar tan deprimida como para estar de ese ancho. Los conflictos emocionales nos afectan diferente a todos. A mí me cierran la boca. No tengo recuerdos muy claros de esa época, pero sí tengo presente no haber estado delgada (según yo).

Así como nos tratamos, así somos. Es algo que parece que tengo que aprender varias veces, porque todavía se me olvida. El día que me digo que estoy muy cansada, paso durmiéndome hasta parada. Cuando entro a un lugar sintiéndome insegura, la paso fatal. La noche que entreno karate con el grupo de jóvenes y pienso que soy muy lenta a comparación, no le gano ni a un caracol.

Nuestro cuerpo sólo conoce los límites que le ponemos y nuestra mente llega hasta donde nos esforcemos. No saber algo, no poder hacer algo, está a la distancia del empeño que le dediquemos. Terminamos reflejando lo que nos decimos que somos.

Hace 12 años probablemente pesaba 20 libras menos. Y no me sentía lo bien (bonita, delgada, atractiva, lo que quieran) que me siento hoy. Probablemente no lo era.

 

 

Pensamientos a medias

Mi mente tiene ideas que a veces me cuesta poner en palabras. Como si pensara en colores que no existen y tengo que usar aproximaciones. Paso varios días con el bosquejo de un post dándome vueltas entre las orejas y, cuando me siento a escribirlo, no me sale y tengo que dejarlo para otra ocasión. Es un problema, porque tengo que aprender a comunicarme y, si no puedo sacar lo que tengo en el cerebro, no hay forma.

Hay muchas maneras de desarrollar una idea: escribirla, hacer una lista, hablar con otras personas. Cada uno tenemos preferencias de procesamiento de información y toma de decisiones y es muy importante conocernos lo suficiente como para saber cuáles son las nuestras. En lo personal, a mí me sirve hablar las cosas con alguien para que esas imágenes a medias se terminen de rellenar hasta volverse entes más sólidos.

Pero no sólo debemos saber cómo operamos nosotros. También es bueno conocer y respetar los procesos de los demás. No porque alguien necesite pensar más las cosas en silencio y soledad para poder opinar, quiere decir que no entienda la pregunta en el momento. Ni tampoco la persona que describe lo que le atraviesa por la mente es una cotorra sin control ni inteligencia.

A falta de personas físicamente presentes para pelotear ideas, también me sirven las palabras en la pantalla. A veces. Otras, como hoy, me siento a escribir de una cosa y termino hablando de otra completamente diferente. Espero que mañana sí me salga la que quería.