Criar Extraños

Pocas relaciones tan complicadas para mí como la que tengo con mis hijos. Y no porque me lleve mal con ellos (a veces). Es porque fueron parte literalmente de mí, me habitaron, los alimenté de mi cuerpo y no son yo. Son dos personas aparte de mí misma, con pensamientos, ideas, experiencias y emociones propios. Pueden parecerse a mí, tener los mismos gestos, pero definitivamente son diferentes. Es la lección de desprendimiento más grande que pueda aprender. Además que me hacen bailar entre la necesidad de estar cerca y la conveniencia de alejarme, sin tener un árbitro que me indique cuándo hacer qué. Sus acciones, poco a poco, ya no reflejan del todo sobre mí. O por lo menos eso creo.

A los que tenemos la dicha de criar pequeños y que necesitamos entregar adultos presentables al mundo, se nos da la tarea de convertirlos en extraños. En personas apartadas de nosotros mismos, con una cosmovisión parecida a la nuestra, pero hecha suya. Forjar gente independiente requiere soltar y, por lo menos a mí, no me gusta dejar ir nada.

Pero no son míos. Son de ellos mismos. Aunque me duela. Aunque recuerde una manita en mi mejilla cuando daba de mamar. Aunque me llegue el olor de una cabecita peluda y vuelva a ver un rostro diminuto y arrugado. Aunque lleve la memoria del movimiento de dos cuerpos dentro del mío.

Y debo repertirme, como mantra, que no soy yo, que son ellos.