El orden se lleva dentro

Estoy sentada en un trono antiguo, contemplando mi reino, el cuál parece haber sido devastado por hordas de hunos enfurecidos. No tengo sala, no tengo tele, no tengo muebles. Pero estoy feliz, porque todo este relajo es la evidencia palpable del largo proceso que hemos tenido los últimos diez años.

Las personas con desórdenes mentales como la obsesión-compulsión, son tristes víctimas de un deseo desmedido por obtener control de sus vidas. Pensar que porque un lápiz siempre está en el mismo lugar, en exactamente la misma posición, nos hacen más dueños de nuestro destino, es una ilusión que nos llama a todos en alguna medida.

Pero no es más que eso: una ilusión. No es excusa para vivir en un chiquero, pero la excesiva preocupación con controlar lo exterior no es sana. Lo digo por experiencia propia. No hay desinfectante que alcance para arreglar una mala relación. Ni organizador que ponga de pie una conducta desordenada. La tristeza no se quita midiendo la distancia entre los zapatos. La falta de autoestima no se llena poniendo los libros en orden alfabético por autor, género y época.

Hasta que nuestra mente y nuestro corazón están bien, en orden, no importa cómo se mire lo que nos rodea. La satisfacción que siento al ver el desmadre que tengo en la casa, viene de otro lado que no está atado a lo exterior. Además, me queda la ilusión de ponerlo todo en su lugar cuando terminen.

Soltar

El resultado de mi trabajo como mamá no lo veo. O por lo menos no cuando cuenta. Yo no estoy allí en el colegio con mis hijos, para llamarles la atención si se comportan mal con un amigo. No estoy cuando tienen la oportunidad de decir una mentira a una maestra. Tampoco voy a estar a su lado cuando estén en una fiesta y les ofrezcan drogas. O cuando, de adultos, puedan ser deshonestos, ladrones, aprovechados… Simplemente tengo que confiar (rezando hincada sobre maíz muchas veces), que ellos escojan ejercer los valores y seguir el ejemplo que les hemos tratado de dar con su papá. ¿Tienen idea de lo que me jode la existencia esa falta de control?

Y esa es la cuestión: se trata de control. Yo no tengo control total sobre mis hijos. Ni debería querer tenerlo. No tengo mascotas, tengo proyectos de adultos que tienen que poder desenvolverse solos en la vida. Eso se traduce en todo lo que hagan las demás personas con las que nos relacionamos. Somos amigos de la gente que confiamos que no nos va a meter la daga. Somos pareja de personas a las que (espero), no estamos vigilando para ver si nos queman el rancho o no. Compramos cosas creyendo que nos están dando lo que nos están ofreciendo.

El resultado es que soltamos nuestra desconfianza y terminamos aceptando que vivimos en sociedad. No siempre nos va bien con eso, pero el secreto es no regresar a donde se tropezó uno, sino seguir avanzando.

Poder dejar ir a mis hijos a casas de extraños, esperando que coman con la boca cerrada, digan «por favor» y «gracias», no rompan cosas y (si fuera necesario) se sepan defender, me quita a mí una carga inútil. No podría hacer nada si no están enfrente mío y pobres ellos si estuvieran todo el tiempo enfrente mío.

Decisiones

«¿Mama, me puedo comer un helado?» «Amor, ¿qué hacemos el fin de semana?» «Tengo fiesta, ¿qué me pongo?» O, qué se hace al almuerzo, por dónde me voy a recoger a los niños, si está lloviendo será prudente salir, qué le compro al fulanito de cumpleaños… Uno va por la vida tomando decisiones de las cosas más triviales. Lo simpático es que el cerebro no sabe distinguir entre escoger a cuál restaurante ir y si se debe o no uno casar con x o y (u operarse algo, o cambiar de trabajo o cualquier otra cosa importante).

La toma de decisiones involucra un proceso de análisis de la información que se tiene, de asignación de valor a eso que se conoce, de comparación de niveles de satisfacción entre una posibilidad y otra y, por último, la acción decidida. Este proceso se repite siempre, no importa si lo hacemos de forma consciente o no. Y cansa. No sé ustedes, pero yo termino echando humo de la cabeza en un día normal de tantas cosas banales que tengo a mi cargo.

Allí es cuando caemos en rutinas que nos facilitan no tener que esforzarnos en analizar. Vamos a los mismos restaurantes, agarramos por los mismos caminos, vemos el mismo tipo de películas, escuchamos la misma música. Nos montamos en decisiones que ya tomamos previamente, sin detenernos a pensar que tal vez sería bueno hacer un cambio. Esto es aún peor cuando seguimos con amistades nocivas, en relaciones que no van a ningún lado, en trabajos que nos tienen agobiados y con costumbres que nos matan. Decidir es un verbo activo, que requiere que nos movamos. A veces da hueva. Pero, una de las condiciones para determinar si hay vida, es que haya movimiento. ¿Qué es de nosotros cuando nos quedamos inmóviles?

Tal vez lo que más me consuela al final del día, es que me duele la cabeza porque tengo alguna agencia en mi vida y por eso es que tengo que escoger tantas cosas. Prefiero eso, a que alguien más lo haga por mí, aunque a veces desearía ser acarreada.