Logré pasar 27 años de mi vida sin subirme a una montaña rusa. Recuerdo haber ido a Bush Gardens en uno de esos tours de RonalTours con mi mamá (ella se perdió a medio Disney, pero ésa es otra historia) y ver los dragones pasar como proyectiles casi rozándose, mientras pensaba: «Hay que estar demente para subirse a una vaina de ésas.» Un par de décadas después, allí me tenían, entrando a Six Flags en el DF, sintiéndome como el condenado que llevan al potro. Sudaba frío, tenía el intestino en la garganta, la lengua seca y la cara más pálida que de costumbre. Hice fila, me subí al artefacto, sujeté el seguro, reuní toda la valentía que encontré y puse en cola todas las malas palabras que pudieran salirme de la boca. Todavía siento en la columna los golpes de la cadena que engancha el carrito del Hades y lo eleva. El momento en suspenso entre regresar y desplomarse me ilustró mejor que cualquier clase de física lo relativo del tiempo. Nos inclinamos y alcancé la velocidad de la luz (bueno, así sentí yo). Terminé esa cita con el destino, increíblemente en una pieza. E inmediatamente regresé a ponerme en fila para ir otra vez.
Las aventuras extremas bajo ambientes controlados son el sustituto artificial de una humaninad que pasó cientos de miles de años huyendo de tigres dientes de sable y cazando mamuts, osos, jabalíes, otras tribus. Así como tenemos que forzar nuestros cuerpos a moverse, porque no estamos hechos para vidas sedentarias, una dosis de adrenalina pareciera mantener nuestras ganas de vivir. En nuestra modernidad, podemos darnos el lujo de, como dije, controlar esas emociones fuertes, inclusive en deportes extremos. Tal vez pensaría de forma diferente si fuera uno de mis engendros el que se tire de un edificio y arriesgue el pellejo que me costó 9 meses cocinar, pero serían él y sus pulgas los que estarían exponiéndose. El problema viene cuando, para sentirse vivos, se involucra a más gente con comportamientos de alto riesgo. Pasarse semáforos en rojo no es precisamente una actitud inteligente, como tampoco manejar ebrio, ni quemar rancho. Lo que haga uno con uno mismo, o con alguien más y su completo consentimiento, es válido. Si las consecuencias de los actos trascienden a terceros no involucrados, allí ya no vale el jueguito.
Sigo sufriendo sólo de pensar encaramarme a una charada que dé vueltas. Me estresa hasta el choconoy del IRTRA. Pero me subo cuantas veces puedo.
