Estoy forrando libros y cuadernos y, a parte de la discusión de si ya deberían hacerll los niños solos o no, el hecho es que es algo que yo tomo de tarea. Mi mamá lo hacía, siempre con su perfección característica y así de perfecta fue mi sorpresa la primera vez que lo hice yo. Arrugas, burbujas y papel arrancando más tarde, me di cuenta de lo fácil que no era. Mucho más tarde, sigo haciendo énfasis en lo que me cuesta hacerlo.
La perfección es uno de mis vicios. Me gustan las cosas de cierta forma, replicables e iguales todas las veces. Me gustan las cosas bonitas, los lugares con arquitectura simétrica, la letra con todas las palabras del mismo tamaño. Puedo pasarme la vida ordenando cosas por colores, formas, volumen… Y es de las mejores lecciones que mi papá me grabó en la cabeza: lo perfecto es enemigo de lo bueno. Vale la pena hacer de todo, con el mejor esfuerzo, con la disposición de aprender, de evolucionar. Por supuesto hay que ir puliendo procesos y dejando atrás errores. Pero entre la mejora constante y la búsqueda inútil de la perfección, hay mucha distancia. Prefiero lo suficientemente bueno. Lo otro, además, no existe.
Mis hijos aprecian el esfuerzo que hago en forrarles sus cosas, sobre todo porque les dejo saber que no me gusta y me cuesta. No por nada tienen idea de cuánto los quiero, si hasta eso hago. Poco pesan un par de arrugas y varias burbujas.
