El arte de desahogarse

Imposible saber qué le pasa a otra persona aunque la mire uno todos los días. A veces quisiera meterme en la cabecita de mis hijos para entenderlos, la comunicación con ellos todavía no está del todo establecida (seguirles el hilo narrativo entre vacíos de lenguaje, constructos gramaticales simpáticos y efectos especiales, es una adivinanza). Pero hay que aprender a abrirse, quedarse quieto y callado y entrever el sentido último de lo que quieren contar.

Escuchar y aprender son importantes. Uno se hace merecedor de la confianza de los demás con ese tipo de actitudes. Se vuelve un magnífico hábito. Y llega el día en el que hay que darle la vuelta a la moneda. Si uno quiere tener relaciones profundas, también tiene que aprender a sacarse lo que uno piensa.

Difícil pasar por la vida lamentándonos que «nadie nos comprende», si jamás nos explicamos. Y no se trata de ir uno revelando su rollo ante cualquiera, porque ni es el caso y a la mayoría poco le importa. El asunto es no dejar en gallo a los que sí afectamos con nuestros silencios. Las palabras mesuradas y bien dichas construyen los puentes que nos unen con los demás. Son una luz que ilumina el lugar en donde estamos parados en una relación. Son una caricia que se da de lejos. Un pedazo de nuestra vulnerabilidad que entregamos para mostrarnos.

Desnudar nuestros pensamientos es tan importante como hacerlo con nuestros cuerpos si queremos intimidad. Sólo es cuestión de tener delicadeza para entregar esos paquetes y no tirarlos como piedras contra un cristal.

Mis hijos están comenzando con lo básico: sin ruidos y, si no es algo bueno, no lo digas. Yo no voy mucho más lejos que eso. Pero por lo menos ya escribo.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

*

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.