El arroz sabe a agua

Y los peruleros y güisquiles a tierra. Un elemento sostenido que podemos atrapar. O lo transformamos en todo el resto de cosas que les ponemos, nos cocinamos una vida y la mezclamos con recuerdos. Poco hay más que se pueda servir en concreto sobre un plato. Y nos comemos el sabor de la receta de la mamá, o la nueva que les pasamos a nuestros hijos.

Me gusta cocinar. Tal vez más que cualquier otra forma de meditación, preparar la comida es en donde me vuelco. Que les guste a los míos y estemos juntos. De allí sale todo lo bueno y se teje lo que a uno le toca de la tela de familia.

El arroz blanco hasta ahora me sale rico, sabe a agua, como nos gusta. Los peruleros y güisquiles ya no saben a tierra, y eso también nos gusta así.

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