Somos protagonistas de nuestras vidas y espectadores de la de los demás. Tal vez me tenga que tatuar eso, porque ser mamá de niños pequeños le da a uno la idea errónea a veces de ser co-protagonista con ellos. Uno toma muchas decisiones, pasa con ellos muchísimo tiempo y los encamina por ciertos senderos. Pero jamás es la vida de uno.
La adolescencia, ese período complicado, sirve para que el niño quiera dejar de serlo. Si no lo logra, se queda a medias. Es difícil entender eso porque uno ha estado más de diez años siendo esencial.
Yo voy a seguir siendo el centro de mi propio universo, porque es la única perspectiva que tengo. Nadie podemos experimentar el mundo a través de otro. Simplemente no se puede. Y voy a ser inmensamente feliz de ser observadora de cómo mis hijos son el centro del suyo. El hecho de acompañar implica compartir. Y eso, es lo más importante.
