Vivir con un adolescente es amanecer con personas distintas cada cierto tiempo. Por ejemplo: una semana, sólo come pechuga de pollo; a la siguiente “nunca le ha gustado la pechuga de pollo”. Y uno que quiere quedar bien y llenó el congelador de su comida favorita, tiene un inventario sobrante, esperando el siguiente ciclo.
El proceso de la adolescencia es, principalmente, de desarrollo neuronal. El cerebro está en modificaciones masivas y eso, cómo no, afecta las emociones y todo lo demás. Si la infancia es la etapa de conexiones sin discriminación, la adolescencia es el momento en el que el cerebro se queda con lo más relevante. Allí se desarrolla un gusto propio, un sentido de independencia, hay necesidad de vencer retos. Y, si uno de padre no le fomenta toda esta creación de sí mismos, con reglas y orden y desafíos y cariño, se corre el riesgo de truncar su crecimiento.
Mis adolescentes me retan a mí también y me hacen repensar si lo que digo que me gusta, todavía es cierto. De pronto a mí tampoco me fascina lo mismo.
