Con los años uno aprecia a las personas que dicen las cosas claras. Tal vez a uno se le borra la necesidad de las sugestiones y quiere todo definido, una consecuencia de usar anteojos para leer. El precio de obtener claridad, sin embargo, es el riesgo de la ofensa. Poco duele tanto como que le digan a uno lo evidente.
En todas las relaciones hay un balance entre lo que no se dice y lo que sí. Idealmente lo segundo sobrepasa por mucho lo primero. Y uno se queda guardadas todas esas verdades que no sirven para nada. Pero desenterrar basura acumulada es esencial. Aunque duela.
Trato de no ofenderme cuando me dicen la verdad. Y trato de no decir palabras cortantes cuando no hay necesidad. Pero, si hay qué hacerlo, se hace.
