Cuando estaba en el colegio, no había nada que yo quisiera más que pertenecer al grupo. Y era lo único que estaba totalmente fuera de mi alcance. Soy demasiado rara y no me guardo mis opiniones. Pésima combinación si uno quiere ser parte de un grupo.
Por naturaleza, los seres humanos buscamos asociarnos. Nuestros antepasados florecieron en grupos de aproximadamente ciento cincuenta personas. En ese ambiente, ser diferente puede representar un peligro para los demás cuando alguien hace algo inesperado. O puede crearle nuevas oportunidades al clan. Pero siempre, siempre, la primera vez que hay un desacuerdo, hay un rechazo.
Mis hijos argumentan (con mucho entusiasmo y poco conocimiento), frecuentemente lo que yo les digo que tienen que hacer. Aunque puede llegar a exasperarme, no se los prohibo. No sólo porque igual lo seguirían haciendo, sino también porque creo que los desacuerdos valen la pena cuando abren otros puntos de vista. Aunque el precio sea el de no estar en el grupo.
