El dolor es una cosa maravillosa. Es el mejor guardián de nuestra integridad, la mejor señal de nuestro límite. Nos indica con precisión en dónde somos débiles. Y es exactamente por eso que tenemos que aprender a romperlo.
Todas las incomodidades nos llaman a quedarnos en el mismo lugar caliente y seguro. Pero allí no pasa nada interesante, no hay crecimiento, no hay nada nuevo. Cuando salimos de nuestras cuevas, atravesamos el océano sin ver la otra orilla, dejamos nuestros hogares, nos convertimos en los dueños de nuestro mundo. Muchas veces pagándolo con dolor.
Lo que duele, hay que hacerlo más fuerte, más flexible, más adaptable. Hasta que deja de doler. Y uno busca la siguiente frontera.
