Nunca hubiera sabido cómo cambia la vida si no tuviera hijos. Ningún día es igual al otro, y ellos no son los mismos con el tiempo. El error más grande que he cometido con ellos es no cambiar lo suficientemente rápido. Tratarlos como las personas que eran.
Las relaciones evolucionan. O se acaban. Porque todos cambiamos. Mantener la idea de algo fijo, inmutable, solo sirve para los muertos, que son los únicos que no cambian más. Identificar dónde estamos estancados, donde nos aferramos a algo que no trasciende, nos ayuda a mejorar.
Quiero aprender a, por lo menos, seguirles el ritmo a mis hijos y no quedarme totalmente atrás. Porque llega el día en que el cambio no es tan rápido y podemos caminar juntos a un paso menos frenético, pero sólo si los he acompañado.
