Me salió una de esas fotos del recuerdo de hace 14 años. Era tan joven. Mi hijo, que ya me saca como tres cabezas, todavía con pepe y la nena de un mes escaso me cabía en un brazo. Típica observación de viejo, pero el tiempo ha pasado demasiado rápido. Yo no me siento muy distinta, pero ciertamente se me miran los años extra.
El propósito de toda especie es tener a la siguiente. Una perpetuación de nuestros genes. Pero los seres humanos, además, queremos trascender más allá de nuestros propios hijos, dejando una huella permanente que lleve nuestro nombre. Pero, la realidad más absoluta, es que nada perdura. Si hemos olvidado los nombres de los dioses antiguos, ¿cómo no vamos a ser borrados de la historia?
Mis hijos me llevarán consigo hasta donde me recuerden. Y, cuando ese recuerdo ya no persista en la mente de nadie, habré agotado mi parte de inmortalidad. Y está bien.
