Es difícil mantener hábitos pequeños constantes que no necesariamente se ven. Es como la ropa sucia, siempre hay más, por mucho que uno lave todas las semanas. Pero, ¡ay de uno si uno deja pasar una sola sin hacerlo! Esa montaña de ropa se convierte en un accidente geográfico.
Las cosas que destacan son las poco comunes y a las que más les ponemos atención. Una fruta roja en un mar de verde sobresale inmediatamente. Pero no podría existir sin esa estabilidad anterior. Así, el éxito y el fracaso so muchas veces producto de una repetición aburrida de hábitos pequeños que nos llevan con ímpetu acumulado al final.
Hacer oficio es aburrido. Mantener una cordialidad constante aún en nuestras relaciones más cercanas a veces cansa. Y precisamente por eso es que hay que hacerlo siempre, a riesgo de estallar las cosas después. O de ser devorados por el monstruo de la lavandería que ya no se va a conformar con comerse sólo un calcetín a la vez.
