No salir corriendo

Nadie está a salvo de cometer errores. Creo que de lo que se trata no es de no equivocarse, es de saber qué hacer después. Es la parte que más cuesta, por mucho.

Nos cuesta muchísimo admitir errores. Tal vez porque, cuando cazábamos, un error significaba la muerte. Ahora es igual a pasar vergüenza. Y eso es suficiente como para no querer admitirlo.

A cualquiera le cae mal estar equivocado. Hay que sacudirse el polvo de la pena, reparar lo arruinado y seguir adelante. Porque el siguiente error nos tiene que encontrar dispuestos a que no nos tire.

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