Hubo un momento largo de mi vida en que dejé de decir malas palabras. Lamentablemente, regresaron como un mal vicio y ya ni registro cuando se me salen. Y me parece una lástima, porque maldecir tiene su momento. Al usar siempre palabras pesadas, les voy quitando su valor y ya no caen igual.
Pasa lo mismo con las emociones negativas. El enojo es maravilloso para impulsar a la acción. Pero en el momento en que uno sólo se la pasa enojado, se convierte a amargura. Mi tía abuela estaba amargada y tenía las comisuras de la boca hacia abajo. Nada bonito.
He estado haciendo un esfuerzo consciente por no enojarme por todo. Increíblemente es más fácil que no decir malas palabras.
