La gente es fascinante. Toda. Y también es aburrida. Toda. Depende de qué tanto le interese a uno la persona específica que tiene enfrente. Y también depende de qué preguntas hace uno.
Hay una máxima que se sostiene sin importar el entorno: conocer es aproximarse al otro. Uno no puede ponerle de su energía a algo sin dejarse en una parte aunque sea mínima. Por eso a nuestros hijos los amamos sin límites y por eso ellos nos toleran hasta que crecen y pueden entendernos.
Por eso me encanta hacer preguntas. Y por eso no se las hago a cualquiera.
