Si la gente se queda mucho tiempo junta, algo sale mal. Si se dejan pronto, hay tristeza. Quedarse e irse, ambos duelen. El cambio incomoda, da miedo, nos paraliza. Pero no cambiar es imposible y ese estado también duele.
Desde que dejamos de ser animales y nos proyectamos hacia el futuro como si estuviéramos seguros que existe, creamos sufrimiento innecesario que nada tiene que ver con nuestra biología. Dormir, comer, procrearnos, lo básico, claro que tienen sus molestias, pero tiene una lógica irrefutable. Si no comemos, nos morimos. Que nos provoque lágrimas la pérdida de algo intangible, es una mutación.
Igualmente no tiene aplicación práctica el hecho que creamos que un amanecer es hermoso, pero el placer que derivamos nos hace humanos. Ese dolor por querer, por permanecer o cambiar, por temer al futuro o buscar el pasado, también nos hace humanos. Estamos más allá de nuestros imperativos biológicos. Eso nos hace vulnerables. Y está bien.
