Una carga pesada

Tengo un par de meses de andar cargando un enojito. Me lo estoy tomando tranquilo, porque, como bien decía mi mamá, tengo dos trabajos: enojarme y desenojarme. El problema es que el primero de los trabajos se va en bajadita. Tan fácil que es. El segundo ya necesita otras cosas.

Las emociones son efímeras. Se sienten en un momento tan corto que necesitamos recordarlas y hacer un esfuerzo para volverlas a sentir. Además, que tenemos que saber que no es esa misma emoción, no es la o.g., es otra, nueva, que recuerda la anterior. Un castillo de naipes que armamos. Y aún así, a veces nos quedamos trabados alimentando un animalito que nunca debió existir.

El hecho que yo sepa que estoy enojada por algo que ya pasó, sin embargo, no me quita ese desagrado. Porque, lamentablemente, las emociones no le hacen caso al cerebro. Uno tiene que aplacar el corazón, sanar el ego herido, bajarle dos rayas a la vanidad y entender que uno no es tan importante como quisiera y que más vale soltar, antes que el enojo envejezca y se convierta en amargamiento (palabra personal, no la busquen en la RAE). No quiero estar amargada. Tal vez hoy haga el segundo trabajo.

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