Mi mamá no era ordenada. Para casi nada. Dormía poco, comía cereal a la una de la mañana, sus mesas de trabajo eran un desastre. Mi papá era extremadamente ordenado. Con horarios rígidos, los lápices alineados por tamaño y las camisas por color. Y cuando se trataba de encontrar algo, mi mamá metía la mano dentro de la montaña del desastre y la sacaba con lo que quería, mientras que mi papá no encontraba nunca lo que buscaba.
Hay una diferencia enorme entre ser externamente ordenado y ser metódico, según lo veo yo. Ponerlo todo a escuadra no significa que uno recuerde dónde lo hizo. No propongo que el desastre sea preferible. Personalmente, me gustan las cosas en su lugar. Pero el exceso de rigidez no ayuda a la felicidad.
En lo personal, me gusta el balance. Las cosas tienen un lugar y las dejo siempre allí, porque sino no recuerdo dónde jodidos están. Y, prefiero fijarme en el resultado (la ropa está limpia, la comida hecha), que imponerme un proceso del cual no me puedo desviar. Las rutinas son más bien una guía, no una tabla de mandamientos. Y, aunque yo no tengo una montaña de desastre sobre mis mesas, tampoco le tiro las suyas a los que viven conmigo. Cada quien su método.
