El olor que me gusta

Estoy leyendo Moby Dick y describe el olor de la grasa de la ballena como “fragante”. Nunca hubiera imaginado que alguien utilizara esa palabra para describirla. Es algo que yo usaría en relación a un lirio o a una mandarina. Pero los olores son tan particulares, que le creo a Miller. Si algo es una constante en nuestras vidas es el sentido del olfato. No por nada de los efectos secundarios no fatales del covid era perderlo. La vida deja de tener sabor. Literalmente.

Oler nos acerca a nuestros hijos, nos une a los seres queridos, afianza recuerdos y nos protege. Estar conscientes de los olores a nuestro alrededor nos ayuda a maximizar nuestras experiencias. Y es el ingrediente principal en las comidas. Nada despierta tanto el hambre como el olor a pan recién horneado y me parece triste que los panaderos estén tan acostumbrados a ese aroma, que ya no lo perciben.

Muchas de las cosas que disfruto las asocio a un olor en particular. Tengo guardados los recuerdos de mis padres entre olores específicos. Y basta con entrar al cuarto de mis hijos para saber, por cómo huelen, hasta de qué humor están. Qué rico poder percibirlos así, aunque a ellos tampoco los pueda calificar como fragantes.

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