Generalmente, tenemos dos formas de pensar en la muerte: o no hacerlo para nada, o hacerlo mórbidamente todo el tiempo. Es un látigo (apresúrate a vivir porque ya vas a morir), un consuelo (el cielo más allá), la emblema del nihilismo (qué más da si de todas formas ya no estaremos). Pero la gente que encuentra ese término entre el realismo, la aceptación y la trascendencia, ésa es la que ya ganó todo.
Nos cuesta imaginarnos que no existamos en algún momento. Como si fuéramos tan importantes para persistir de alguna forma u otra. Y en toda la Historia los humanos hemos imaginado qué nos pasa después. Y está bien. El problema es cuando ese después nos tuerce el ahora.
Yo no tengo sentimientos acerca de morir. Es como tener sentimientos acerca de que el agua moje o el fuego queme. Es lo que hay. Claro que eso no aplica para la muerte de los míos. Allí sí siento cosas, todas malas. No creo jamás cambiar esto. Pero sí quisiera no perder mi indiferencia principal. Es mejor eso a otra clase de obsesión.
