Entender es querer

Tengo dos adolescentes en casa. Y es como vivir con extraterrestres que hablan mi idioma, pero que no lo entienden. Las ideas les rebotan en esas cabecitas hasta que se deshacen y las vuelven a armar. Es una etapa de creación constante para la cual los adultos necesitamos un manual, un diccionario, un intérprete, un exorcista, algo. O, en su defecto, es bueno averiguar qué sucede en esos cerebros.

El libro The Teenage Brain es la respuesta de una neurocientífica a su propia pregunta acerca de los cambios de su hijo al entrar a la adolescencia. Ilumina y consuela a la vez saber que muchas de las reacciones que tienen no son por cosas externas, sino por los cambios neuronales que están sufriendo. O sea, no es personal.

Entender, por lo menos a mí, me ayuda a quitarle mucho del peso emocional y me permite quererlos. A pesar de la corrección que tengo que seguir haciendo, porque la comprensión no quita la necesidad de educar. Sólo me baja a mí el ensatanamiento. Y así podemos seguirnos queriendo.

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