En la naturaleza no existen las líneas rectas. Éstas sólo son evidencia del paso del ser humano. Como si necesitáramos separar las cosas, dejar una franja tajante de límites. Además que las líneas las usamos también para dejar adentro todo lo que queremos. Y no nos damos cuenta siempre de en dónde están, por mucho que las pongamos nosotros mismos.
Por supuesto que son aún más tajantes las que tenemos en la mente. Primero porque no las podemos ver ni sentir. Pero, sobre todo, porque no siempre son declaradas, aunque permeen todo lo que hacemos, hasta las palabras que usamos. Tendemos a pensar que somos ilimitados y, hasta cierto punto, eso es cierto. El cerebro es plástico y, salvo enfermedades, es capaz de cambiar constantemente. Pero… hay que hacer un esfuerzo para eso. Estar sujeto a la vergüenza de la ignorancia. Estar dispuesto a admitir que uno no sabe. A cuestionar todo lo que uno conoce. Y a admitir que uno se ha puesto líneas.
No siempre es necesario borrarlas, conste. La edad también entrega el derecho de tener algún tipo de sosiego. Pero deberíamos poder movernos si donde estamos nos lastima. Tal vez para eso hay que conservar un poco del hambre y descontento que tenemos de jóvenes, cuando queremos cambiar el mundo. Es suficiente cambiarse uno mismo.
