Creo que ya tenemos tan asentado el sentimiento de culpa, que entendemos muy bien que no todo lo que nos gusta, es bueno. Si los pecados no son difíciles de rechazar porque sean desagradables, todo lo contrario. Eso de frenar nuestras pasiones es una de las virtudes que tiene cara de necesidad y garras de tigre, pero que cargamos como parte de nuestra propia edificación.
El problema viene en aceptar que no todo lo que nos disgusta es malo. Principalmente cuando se trata de personas. Es muy gratificante atribuirle al fulano que nos desagrada todos los vicios y defectos del manual del repugnante. Creer que no tiene nada bueno qué decir. Hundirlo en el fango de nuestro desprecio. Cuando, en realidad, hasta el menos útil de los seres humanos tiene algo bueno qué aportarle a la humanidad. Y puede tener la razón, de vez en cuando.
Complicado separar los sentimientos de la percepción del mundo. No, no es complicado, es imposible. Porque somos seres complejos, variados, y no podemos separar los elementos que nos conforman sin dejar de ser quienes somos. Tal vez nos puede quedar de consuelo que el desagrado no es obligación quitarlo, y que hay virtud en reconocer la verdad, donde sea que esté.
