Nadie sabía

Cuando uno organiza cosas, como fiestas, o actuaciones, espectáculo y cualquier cosas que implique que llegue gente, el nivel de estrés se sube. Y es porque uno sabe lo que deja de uno mismo planificando todo el merequetengue. Quiere que las cosas salgan “perfectas”, que todos los imprevistos estén cubiertos y que haya una respuesta para cualquier pregunta.

Cuando uno va de invitado, aunque tenga una expectativa general de la experiencia, no sabe a detalle a lo que va. Le puede gustar a uno, o no, pero no tiene el plan contra qué compararlo.

Dos posturas que se juntan en el momento, pero que no necesariamente se encuentran. Hasta que entendí que nadie sabe qué tenía yo en mente y, que aunque me saliera todo exactamente como yo lo quería, a algunas personas les iba a fascinar y a otras no tanto, no solté el estrés. Nadie sabe lo que está en mi mente cuando cocino. O cuando organizo una fiesta. O cuando compro un regalo. Y eso me da la total libertad de darme permiso. Para que no todo salga “perfecto”, porque eso no existe. Para aceptar que son imprevistos porque uno no sabe qué no sabe. Para dejarlo ir. Total, todo termina y siempre hay una próxima vez.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

*

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.