El no-niño sigue dormido

Ya es la una y media y no se asoma el joven de 14 años que vive en mi casa. No quiero despertarlo, pero tampoco estoy del todo segura que esté durmiendo. Puede estar chateando con su último crush. Por algo es guapo y adolescente. Tengo que admitir que el cambio que ha tenido nuestra relación es desconcertante. Lejos el niño que se acurrucaba a hacer siesta conmigo. Y lo aplaudo. Definitivamente no quiero un niño grande. Quiero que se convierta en adulto.

Necesitamos un espacio con nuestros pares para desarrollar nuestra personalidad. Y darnos el chance de probar varias, lejos de la supervisión de otros que creen conocernos definitivamente. Para los hijos, está la integración con su grupo de amigos. Para una pareja, está el regalo de no imponer expectativas en el otro y dar espacios de crecimiento personal. Además de tener una apertura para aceptar las diferencias. Todos cambiamos. Siempre. Claro que uno tiene el derecho de decir si lo nuevo le gusta o no y uno alejarse. Pero no imponerse. Un poco de guía con los hijos, claro.

Mi papá no me dejaba dormir tarde ni los domingos. Aquí si la puerta está cerrada, se deja. Hasta el mediodía porque ya está el almuerzo y tengo que ver si el engendro respira.

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