Siempre quise un gato negro de bruja. Y siempre me han gustado los gatos peludos. Cuando una amiga me ofreció un gato porque tenía 37, yo ya tenía dos y le dije que sí, sólo si tenía uno negro peludo. Tenía.
Mis hijos le pusieron Shadow y le hace honor al nombre. Cuando se mete en el clóset no hay quién la encuentre y verla salir de un cuarto oscuro me hace imaginar a la muerte en pequeño. Es como algo que se desprende del vacío. No existe antes y se disuelve después. Tener esta gata me ha enseñado a confiar en que por allí anda y aparecerá cuando quiera, que no siempre coincide con cuando yo la llamo.
Me gusta mi gata de bruja. Me hace creer que en esta casa hay algo de magia que nos protege. No está de más confiar en que todo está bien, o lo estará, aunque uno no lo mire.
