Lo peor que hago es decir que eso también me pasó a mí cuando estoy hablando con alguien. Lo peor. Y lo sé, lo siento cuando sale de mi boca, pido disculpas, pero las palabras ya abrieron un boquete en el dique de mi sentido de lo apropiado y salen alineadas y campantes. Detesto eso. Espero hacerlo cada vez menos. Pero es casi imposible no pensar en las veces que he pasado por algo similar.
El lenguaje va mucho más allá de lo que supongo fue su objetivo primario: comunicar hechos urgentes. Lo más importante para lo que lo usamos ahora es para compartirnos. Y por eso es tan difícil no contar lo propio, siempre. Es parte de nuestra necesidad de ser vistos, de tener testigos de nuestra existencia. Quién sabe si seríamos realidad sin nadie que nos viera.
Quiero aprender a soltar esa necesidad, por el simple hecho que es indiferente. La existencia mía me compete a mí hacia adentro, mis actos hacia afuera, a los demás con quienes tengo relación. Y punto. Prefiero ser testigo de los demás. Me gusta saber que hay otras realidades aparte de la mía. Para soltarme, está Tuiter.
