El adolescente está de vacaciones y, por primera vez en la vida decidí dejarlo tranquilo con los horarios. Claro que eso representa otros retos, como alentarlo a no ser un completo cerdo en su espacio personal. Pero sin ser insoportable, que es lo que me sale natural.
He aprendido una cosa invaluable: a tratar de no tomarme las cosas de forma personal. Si alguien me tira el carro en el tráfico, no me enojo. Porque esa persona no me conoce, no me lo hizo “a mí”. Es una cualidad esencial para trabajar. Y me salva el hígado con los niños. Cuando logro aplicar el mantra, los desafíos diarios con hijos se vuelven más llevaderos. Que no quiere decir que no me enoje, sólo que menos.
De allí que, de vez en cuando, no regaño. Dejo notas de “la Gerencia” con instrucciones despersonalidas. Cero tono de regaño. Cero caras decepcionadas. Y logro, en alguna medida, que se restaure el orden. Pero creo que igual mejor pongo otra vez los horarios.
