Gracias a La Peste, digo, al homeschooling, he tenido que hacerlas de tutora de mis hijos, para su desgracia y la mía. Porque yo puedo hacer las operaciones matemáticas y escribir los textos en alemán, pero no puedo explicar cómo lo hago. Para mí, los números hablan y el lenguaje tiene lógica matemática. Y así se hace. Como si no hubiera pasado por un proceso de aprendizaje. Pero no me pasa lo mismo con el karate, que bastante esfuerzo me ha costado aprender y que tengo dolorosamente presente lo mal que lo hago aún.
Las personas con talento generalmente son malos maestros, porque lo que uno debe poder transmitir es el proceso, no el resultado. Pero obligar a cualquiera a explicar lo que hace con claridad y sencillez es ayudarlo a reaprenderlo y hacerlo mejor. Todo, siempre, puede volver a aprenderse. Es uno de los pilares de la transformación personal el aproximarse a las cosas, aún las más comunes, con «mente de principiante». Que no es otra cosa que la disposición de aceptar que uno no lo sabe todo, ni de lo que sabe mucho.
Obligarme a dar pequeñas lecciones a mis hijos me recuerda la necesidad de aprender siempre, como por primera vez. Dejar del lado mis preconcepciones y aceptar nuevas formas de hacer lo que ya hago con alguna habilidad. No quiero volverme vieja y hablar de «las cosas en mis tiempos», porque los tiempos de uno son en los que uno vive hoy y ahora. Pero ya contraté tutora para los niños. No quiero hacerlos infelices.
